Iniciaré estas líneas, en una nueva edición de ellas, con una descripción crítica, ante una "anécdota" que he vivido reciéntemente en el ejericico profesional "privado". Ella me ha iluminado definitivamente que la famosa equidad o el acceso a la Psiquiatría para todos los chilenos es un "error" en tal forma que ahora, probablemente, todo lo que, hace unos meses, escribí abajo de este párrafo (que, como digo, es más antiguo que el texto que le precede), sea una redundancia que, a lo mejor borraré. Hace unas semanas me consultó un típico paciente del sector de beneficiarios 'actuales' del Fonasa (un segmento muy estrecho económicamente, pero que pertenece a la mayoría del país). No pormenorizaré el diagnóstico, pero necesitaba obligatoriamente ser visto hospitalizado; y no, en lo absoluto, en los actuales servicios públicos lamentables del país (donde, con excepciones, atienden malos elementos en esta especialidad y en un pésimo ambiente claramente patógeno [creador de más enfermedad]). Hospitalizarse en este momento, en una clínica particular medianamente adecuada, vale, sólo en hotelería, habitación compartida, alrededor de $50.000. diarios A ello, hay que agregarle los medicamentos y los honorarios profesionales (que se suponen dignos, equilibrados y con rango de ingresos). Lo que cubre el Fondo Nacional de Salud, apenas alcanza para el IVA. Es obvio que este paciente, como cualquier otro en parecidas circunstancias, NO PUEDE HOSPITALIZARSE. Al final de la entrevista inicial el médico tuvo que asumir la intolerable irregular situación de instar enérgicamente a la familia a permanecer día y noche con el paciente y prescribirle fármacos en dosis inferiores a las ideales para dar lugar a que el enfermo pudiera ambular en sus concurrencias control. Al inicio, por incumplimiento de estas instrucciones, el médico estuvo a punto de rechazar proseguir a cargo de un enfermo con riesgo de suicidio. Afortunadamente, la familia entendió sus responsabilidades y se ha salido con mediano buen éxito, pero perturbando gravemente los valores y la salud de todos los espectadores, subrayadamente el médico tratante.Hace tres años, se envió a un paciente con facultades mentales gravemente perturbadas que se agitó en la sala de espera y en el ascensor, de igual situación económica estadísticamente habitual en Chile, al Hospital Psiquiátrico. Ahí fue recibido con malos modos y con el comentario de que si yo creía que el Hospital era hotel. Sanó ambulatoriamente, con la misma atmósfera moral que he descrito para el caso del párrafo anterior.
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Este blog será muy específico con el objeto de que no se diluya su contenido esencial. Se parte de varios presupuestos que el amable lector evaluará, en el sentido de que aquéllos puedan pecar de optimistas o no. Con tal medida, el autor se privará, en lo posible, de emitir juicios valóricos y permitirá, de esa manera, que éstos se originen en los lectores que conocen personalmente el ámbito que aquí se tematizará.
Se supone que las Facultades de Medicina de Chile siguen formando psiquíatras como lo hacían, hace cincuenta años, las Casas 'senior' de antaño. Es decir, médicos entrenados intensa y seriamente para asumir el diagnóstico, tratamiento, evolución y alta, de todos los enfermos que presentan padecimientos de le epecialidad. Vale decir, conocer la psicopatología en profundidad, para diagnosticar y llevar a cabo un seguimiento confiable del paciente en su evolución; manejar técnicas y contenidos psicoterapéuticos; y prescribir con autorización técnica, los psicofármacos. De más estaría decir que debe tratarse de una persona con atributos estructurales que le permitan inclinarse por escuchar a su prójimo con intensa atención, sin impertinencia. El Psiquíatra Clínico debe ser una persona inclinada a crecer culturalmente en forma permanente. El Prof. Aux. Sergio Rodríguez, de la cátedra titular de Psiquiatría de la Universidad de Chile de Santiago, solía decir: "transfórmense en personas a las que no les quede grande ningún paciente". Se refería a eso.
Por lo anterior, y de una buena vez por todas, es necesario considerar que los Psiquíatras están capacitados para desplegar el acto asistencial completo de TODOS LOS PACIENTES. Y no sólo los psicóticos (o "locos"). Y, además, no sólo están capacitados para prescribir fármacos a instancias de otros profesionales. Todavía más: que, al menos dentro del ámbito de la Medicina, son los Psiquíatras los que deben atender a los consultantes con padecimientos anímicos o de cualquier otra índole psiquiátrica, psicótica o no, y no otros especialistas a los que concurren inocentemente, los pacientes, por falta de información. Se subentiende que los psiquíatras eligieron esa especialidad no para "hacer negocio", en el sentido del dinero ganado en exceso a costas de comercializaciones disparatadas, sino para que sea "su negocio", en el modo que ello implica un protagonismo intelectual de sus vidas. No significa ello, sin embargo, que, de adrede, los médicos elijan un campo de acción para tener una vida mínima; o que, en todo caso, se diferencie como la tierra del cielo a la vida que alcanzan otras personas, al amparo del miedo o de la sobredimensión que fácilmente se cultiva en la ignorancia. Es universal que los psiquíatras tienen un repertorio de acciones limitadas; pero ello, en modo alguno debe hacerle creer al público, ni general ni especial, que la auténtica acción de ellos no es muy difícil y contínuamente creadora, sino lo contrario, porque se supone que tratan con lo específico del Hombre.
Las atenciones que un psiquíatra bien entrenado debe dar a sus consultantes, debe ser hilvanada y eficaz. Para ello, se requiere una frecuencia de concurrencias que no debería ser menor que dos veces a la semana, al menos durante el inicio. Muy pronto, especialmente en el estado actual de las cosas, debe prescribir fármacos de conocida buena calidad, con el consabido control y, si es posible, con titulación en un laboratorio, en el menor tiempo posible. No pocas veces, si bien cada vez menos que con los criterios más antiguos, se requerirá una hospitalización en un recinto decoroso, proporcional, en este aspecto, a la complexión de la consulta y del profesional de los cuales emergió esa decisión. No se supone que porque un enfermo requiere ser hospitalizado, vaya a continuar siendo atendido en un servicio público por otro profesional diferente al que lo conoce y lo ha enviado. Si el paciente es ambulatorio, debería seguir concurriendo a control hasta su alta, no más allá de cada quince días, con un período de tratamiento previo de al menos una vez a la semana. Los controles ulteriores se fijarían de acuerdo a cada caso, dentro de márgenes técnicos y éticos.
Las personas que deciden escoger concurrir a las consultas privadas de los psiquíatras, son, indiscutiblemente, la mayoría. Por el hecho palmario que no vamos a postergar más en señalar, de que las coberturas en Psiquiatría, en Chile, otorgadas por las instituciones de salud son bajísimas, esa aspiración no la pueden cumplir, también una mayoría. Y de esta última "mayoría", casi la totalidad no desea acudir a otra forma de atención y SE QUEDA SIN TRATAMIENTO. Es asombroso un hecho, que parece, a primera vista, como una terrible injusticia, que los consultantes, cuando aspiran a obtener atención en una consulta, parecen molestarse por el monto de los merecidos honorarios del especialista, en circunstancias que el origen de su frustración proviene, en realidad, de lo poco que le reembolsarán. Parecería que algunos mayoritarios pacientes percibieran que, justo la ayuda que piden, no debería valer lo que vale. En otras palabras, que, por llamarlos así, los "gastos de representación" de los psiquíatras y de su grupo familiar no deberían ser ni siquiera ese mínimo que está consagrado universalmente. Esta situación, aparentemente un muestra de incultura y de ignorancia, no es sino el resultado de una muy sorprendente condición que caracteriza al Hombre, cual es la de sentir como mucho más valioso su cuerpo y sus dolores, que su biografía y las penas que ésta, a veces, implica. Un famoso pensador alemán, en un corto ensayo trascendental de su obra juvenil, dice que los hombres se dejan engañar diariamente por sus sueños sin inmutarse, pero que él ha conocido de un señor que estuvo semanas ensayando una técnica para dejar de roncar. Es por esto que, por un lado, las instituciones no se conmueven mucho por ponerse al día en sus coberturas (ya que pareciera que ni a los propios afectados les importara mucho); y, por otro lado, es injusto que los psiquíatras nos enojemos con la gente por ser, precisamente, justo nada más que lo que somos.
Doblemente llamativo es que ante la casi increíble cantidad de dinero que significa una prescripción medicamentosa mínima, tampoco ello lleve, a los pacientes a reflexionar con la esperada energía ante las bajas coberturas por sus atenciones con el profesional.
Lo anterior redunda en que los pacientes no pueden ser citados con la debida frecuencia; muchas veces no pueden comprar los medicamentos que necesitan durante largos períodos de tiempo. Y lo que es peor, cualquier tipo de psicoterapia es impensable con personas que concurren dos veces al mes. Ruego, al lector, imaginar un tratamiento de disfunción matrimonial, en estos términos.
Sobre lo antes expuesto, se agrega una manifiesta originalidad en el manejo de las imprescindibles licencias médicas largas de los pacientes de Psiquiatría, hecho que, sin excepción es un agravante para la salud de los enfermos. No es éste el espacio para tematizar la percepción que tenemos, los médicos tratantes, ante un procedimiento que se concreta con la participación plenamente conciente de otros profesionales.
Por lo antes dicho, el lector se habrá percatado de que sólo reúnen los requisitos antes mentados, las personas que en Chile tienen un ingreso como el que deberían tener muchos chilenos más. Y lo planteo en estos términos para que no vaya a quedar ni siquiera una brizna de duda de que el autor de estas líneas pretende descalificar a esas personas, lo que constituiría lo que se llama realmente envidia (que al otro le vaya mal). Por el contrario, se esclarece la tesis de que ésa es la situación normal de los ciudadanos de un país que se presume desarrollado o en etapa de serlo. No se pretende, tampoco, dicho sea de paso, que la mayoría del país sea, de la noche a la mañana, rica; pero, sí, que esa mayoría tenga un trato equitativo en su salud emocional. Esas personas que pueden asumir un gasto de alrededor de $400.000 mensuales, incluídos los medicamentos, pero en carácter ambulatorio, son una minoría absoluta. Son atendidos por un grupo pequeñísimo de psiquíatras que, como justísima y apropiadísima consecuencia, logran vivir, no como un especialista europeo o estadounidense, pero sí como lo hacían todos los viejos tercios de la época en que nos formamos muchos. Qué haya ocurrido, en Chile, en el intertanto, no es materia que nos interese, pero no deja de ser un desafío pensar en ello. De lo que estamos seguros es de que la idea de "progreso" no camina por estas avenidas. En los sesentas, citábamos a nuestros pacientes todos los días; para los setentas, lunes, miércoles y viernes; para los ochentas, martes y jueves; para los noventaa, una vez a la semana; ahora, con suerte, una vez cada dos semanas. Recuerdo al amable lector de que estamos habando de la mayoría.
Lo anterior significa, derechamente, que no hay Psiquiatría equitativa en Chile, de acuerdo a los protocolos mundiales. Y, de alguna manera, consecuencialmente, los psiquíatras, mayoritariamente, tampoco tienen acceso equitativo a una calidad de vida como la que se merecen. No es, por ello, criticable, en modo alguno, que la debilidad connatural al Hombre, lleve a algunos distinguidos psiquíatras, a organizar estructuras asistenciales cuya principal y más notoria diferencia con el modo personal y reservado de prestar atención, es la comparativamente descomunal cantidad de dinero que se percibe. Igual indulgencia debemos tener con aquellos especialistas que ofrecen una muy particular forma impersonal de atención con prescripciones baratas, en los llamados "centros médicos", a cambio de honorarios bajísimos que, para peor, tienen que compartir con el propietario del establecimiento.